The Dharma Beats

The Dharma Beats

The Dharma Beats es una antología de la Generación Beat que rinde homenaje al grupo de escritores retratado por Kerouac en la novela Los vagabundos del Dharma, e incluye poemas de Jack Kerouac, Gary Snyder, Philip Whalen, Lew Welch, Joanne Kyger y Michael McClure. Este libro, que recién sale a la calle, tiene la peculiaridad de poner de manifiesto las diferentes poéticas de los autores beat de la Costa Oeste estadounidense más allá del archiconocido núcleo neoyorquino y de ofrecer una visión de conjunto más amplia de lo que fueron los beats.

Además de una compilación de excelente poesía, el lector encontrará textos que abordan las relaciones entre estos escritores y el impacto que tuvieron en la literatura y la sociedad norteamericana.

Por mi parte, mi contribución se encuentra en la sección de Joanne Kyger y la introducción al volumen, que puede leerse gratis para ir abriendo boca en la página web de Varasek Ediciones, donde también puede comprarse la antología: http://www.varasekediciones.es/the-dharma-beats-vv-aa/

And the Beat goes on.

Reescribiendo la Generación Beat

Empieza el nuevo año y con él la necesidad de recopilar el material que he estado escribiendo durante los últimos meses. En este enlace os dejo todos los artículos y reseñas sobre la Generación Beat que publiqué en 2016 y alguna última novedad:

¡Que los disfrutéis!

Entre ansias y barrotes

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Título:Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado

Autora: Maya Angelou

Editorial: Ediciones del Asteroide

ISBN: 9788416213665

En sus últimos veinte años de vida, Maya Angelou se consolidó como una figura pública en Estados Unidos. La lectura del poema “On the Pulse of Morning” en la inauguración presidencial de Bill Clinton y su consiguiente apoyo a Barack Obama, junto con su amistad con Oprah Winfrey, la catapultaron a una visibilidad sin precedentes. Pero antes de convertirse en una persona mediática, Angelou había sido cantante, actriz, trabajadora sexual, escritora, poeta, dramaturga y activista por el movimiento de los derechos civiles, contando entre sus amistades a Malcolm X y Martin Luther King. A pesar de haber sido criticada numerosas veces por sobresalir más como figura mainstream que como intelectual, la carga de esas críticas cae por su propio peso ante Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, editado en España por Libros del Asteroide y traducido por Carlos Manzano. El relato, enmarcado en el género de la ficción autobiográfica, narra los primeros diecisiete años de vida de Angelou. El libro, a su vez, forma parte de una colección de siete títulos más que corresponden con las siguientes etapas de su vida.

En su narración brutalmente honesta circula ante nuestros ojos el paisaje de la vida afroamericana del sur de los Estados Unidos a principios de siglo XX. Se trata de una estampa que nada tiene de idílica: la aridez visual, las duras carreteras de grava, la segregación racial, las persecuciones y los linchamientos, la presencia de los “muchachos” del Ku Kux Klan, el duro trabajo en los campos de algodón, la falta de oportunidades y una religión redentora como única posibilidad de justicia divina son los elementos que aparecen como contextuales a través de la mirada infantil.

Haciendo uso de un lenguaje poético, cargado de imágenes y metáforas, la autora va desgranando sus primeras vivencias y traumas como joven negra sureña, lo que Angelou describe como una sensación de estar fuera de lugar, “como el óxido de la navaja que amenaza con cortarte el cuello”. Sus ojos nos conducen por la vida en Stamps, Arkansas donde ella y su hermano Bailey son criados por su abuela, encarnación de la necesidad superviviente de apuntalar una vida digna con trabajo duro, fe religiosa y amor. La Yaya, Annie Henderson, es sin duda uno de los personajes más notables, y parece hacerse eco de las palabras de Zora Neale Hurston, que afirmaba que “la mujer negra es la mula del mundo”. Sin embargo, a pesar de su religiosidad, aparece como un referente de lucha e independencia en un mundo marcado por el racismo y el sexismo, los cuales quedan ampliamente retratados en la vida cotidiana sin discursos aleccionadores. Excluyendo cualquier juicio rimbombante, Angelou deja que la crudeza de su experiencia constituya material suficiente como para que el lector saque sus propias conclusiones.

Resulta especialmente desgarradora la detallada descripción de los abusos sexuales y la violación sufrida a los ocho años. Angelou nos sitúa en el epicentro de la empatía y la rabia al descubrirnos cómo se pone en duda su versión durante el juicio a tan tierna edad. El trauma consecuente hace enmudecer a la pequeña Maya durante años, hasta que su abuela la dirige con una mujer negra culta de Stamps. Aquí es cuando se nos revela el poder de la palabra para posibilitar la resiliencia y la curación emocional, pues es en los encuentros con Bertha Flowers donde la autora descubre la belleza del lenguaje y de la comunicación a través de la poesía declamada. Gracias a la palabra expresada, donde antes había muerte ahora hay posibilidad de vida.

Ése es el motivo fundamental por el que habla la autora: para nombrar y redimir, para dignificar el alma de un pueblo, vivificarla y encenderla. Angelou se alza como voz de la experiencia colectiva, desvelándonos las injusticias que pesan sobre su comunidad y, a su vez, revelándonos las extrañezas del entramado psíquico del racismo. En la segregación racial ambos bandos se ven enajenados, como cuando recuerda “no haber creído nunca que los blancos fueran de verdad reales”. Nos presenta la dureza de la cosificación racial a través de las costumbres blancas del sur, como cambiar el nombre a sus trabajadores negros negándoles su ser más básico, su propia identidad. Así, durante el transcurso de la narración existe esa tensión constante entre las ansias de libertad y el esfuerzo de su pueblo (tan bien expresado en el Himno Nacional Negro escrito por el poeta James Weldon Johnson) y la permanente sensación de que no existe posibilidad alguna de elección, de que sólo el abatimiento puede ser el resultado de la humillación constante recibida.

Sin embargo, la rabia y la conciencia de la situación empujan a la joven Angelou a otras posibilidades. Su lucha y su insistencia la convertirán en la primera cobradora negra de los tranvías de San Francisco, encontrará activistas entre los timadores del gueto y hallará la fraternidad interracial entre los niños desposeídos de un cementerio de automóviles, con los que convivirá durante un mes. Angelou nos descubre la dignidad humana que se halla en la dificultad y la supervivencia, pero su retrato de superación no es en modo alguno idealizado. En el tapiz que nos teje existen la violencia y el sufrimiento, ineludibles para una mujer negra, pues la experiencia femenina y los riesgos colaterales de ser mujer se suman a la problemática racial. La autora abandona el relato con su recién estrenada maternidad a la temprana edad de diecisiete años.

Igual que en los sermones eclesiásticos que dan aliento a un pueblo aturdido bajo el peso de la opresión, las palabras de Angelou insuflan aire fresco a pesar del genocidio negro de un pasado de esclavitud y un presente de segregación. Poeta ella misma, resulta especialmente significativo su apunte de que “baste con decir que sobrevivimos [como pueblo] en relación exacta a la dedicación de nuestros poetas (incluidos predicadores, músicos y cantantes de blues)”. Los poetas afroamericanos, los hacedores de su cultura, son los liberadores del alma de un pueblo y creadores de una belleza desgarradora que alivia del dolor de todo un colectivo. Maya Angelou logró ser su voz, y fue reconocida como una mujer que llevó a cabo a la perfección esa función redentora del arte: la que canta la libertad.

Mónica Caldeiro

Publicada en La Inercia: Las aguas internacionales de la cultura, 13 de octubre de 2016.

“La práctica de lo salvaje” de Gary Snyder

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Gary Snyder

La práctica de lo salvaje

Varasek Ediciones

260 páginas

Gary Snyder y los reflejos del ser salvaje

Al nombrar a Gary Snyder parece casi imposible eludir su pertenencia a la Generación Beat. Inmortalizado en Los vagabundos del Dharma (1958) de Kerouac como Japhy Ryder, la figura de Snyder aparece como símbolo de toda una generación de buscadores espirituales encaminados hacia una nueva conciencia. Pero a diferencia de muchos de sus coetáneos, Snyder trascendió con creces cualquier etiqueta impuesta que lo encajara entre los Beat o los poetas del Renacimiento de San Francisco. Gary Snyder fue y es, en realidad, un estudioso no sólo de las lenguas y culturas asiáticas sino también de su propio mundo, la Isla de la Tortuga (nombre que los nativos otorgaron a Norteamérica). Y aunque Snyder es académico y ganador de un premio Pulitzer, la cultura que reivindica y nos presenta en La práctica de lo salvaje dista mucho de abstracciones estériles vinculadas a un academicismo formal. En cambio, nos presenta una ecología íntegra del ser humano donde no existe distinción entre mente, hombre y naturaleza pues “la naturaleza salvaje está inextricablemente trenzada con el ser y la cultura.”

Atravesar La práctica de lo salvaje es sentir la sensación familiar que se tiene cuando uno se topa con un libro necesario. La obra de Snyder se enmarca en una era en que parte de la comunidad científica habla de un Antropoceno que sustituye al anterior Holoceno por el impacto del ser humano sobre el planeta y los ecosistemas. Reivindicar lo salvaje a todos los niveles (su tierra, cultura, lenguaje, mente) se convierte en un acto radical de conservación esencial de la vida y las especies, una comprensión profunda del ser humano en un sentido ancestral y atemporal.

Con un ethos que guarda claros ecos de Thoreau (al que Snyder cita en diversas ocasiones), el hombre debe relacionarse directamente con su mundo para así leer sus signos y comprenderlo. Para ello es necesario pertenecer a un lugar y su comunidad, caminarlo y vivir su geografía, conocer sus costumbres, su fauna y su flora, su lengua y su literatura oral. Todos ellos son aspectos de la cultura ancestral de cada pueblo, un conocimiento que es necesario mantener y preservar. Pero en su reivindicación no existen dicotomías, ni nos encontraremos con una idealización de Oriente respecto a Occidente, pues cada región dispone de una sabiduría originaria y fundamental. Por ese motivo, el discurso y pensamiento de Snyder se arraiga tanto en el conocimiento de su cultura local como en un budismo que contempla la transitoriedad y la interdependecia como parte de la vida humana y la naturaleza, mientras que a su vez reivindica la antigua sabiduría occidental conectada con lo salvaje. Enfatiza que la filosofía es un “ejercicio enraizado en un lugar”, conectada a la “sabiduría de las abuelas” de cada comunidad, pero a su vez admite el papel que la universidad y las bibliotecas han tenido en la preservación de la sabiduría de nuestra cultura. En una hermosa afirmación, nos recuerda que “los libros son nuestros ancianos maestros”.

A pesar del drama de la pérdida de lo autóctono en favor de un mundo cada vez más globalizado, lo salvaje permanece y se revela como la esencia de la naturaleza, el ser humano y la mente. Snyder nombra los cuerpos como salvajes, con sus ritmos y necesidades biológicas no modificables. La sexualidad aparece también como salvaje, naturalmente lúdica y dionisíaca. Las lenguas son asimismo naturalmente salvajes, y forman parte del paisaje geográfico conformando, junto con cordilleras y ríos, fauna y flora, costumbres y cantos las fronteras naturales que distinguen unas regiones de otras.  Para Snyder, “el lenguaje pertenece a nuestra naturaleza biológica, mientras que la escritura es como las huellas de un alce en la nieve”. Las estructuras básicas del lenguaje no pueden domesticarse y se ubican en los lugares salvajes de la mente, lugar donde también se hallan la imaginación y la expresión artística. Es en la mente es salvaje donde se encuentra el amplísimo territorio desconocido del inconsciente, siendo ésta una extensión de la naturaleza y viceversa. Según Snyder, “cuando los humanos se conocen a sí mismos, el resto de la naturaleza está ahí”. Como cuentan las enseñanzas budistas, la mente lo refleja todo como un espejo siendo los aspectos salvajes de la mente un reflejo de la naturaleza no manipulada por el hombre o su ego.

En el planteamiento de Snyder no hay vestigios de un hippismo sentimental o idealista. Más bien nos ofrece la realidad directa de nuestra animalidad, no separada del resto de seres sintientes. El ser humano, en su integridad y totalidad, forma parte de la cultura que crece en los bosques. Aquí el raciocinio y el pensamiento lógico no son sinónimo de superioridad respecto a otras especies pues, como apunta el autor, los humanos estamos tan sujetos al cambio y a la interdependencia como el resto de seres que pueblan el planeta. Para la especie humana resulta indispensable aprender que “sin alrededores no hay camino, y sin camino no se llega a la libertad”. Para Snyder el hombre está integrado en la región y la tierra, y no puede haber un avance bajo el lastre de intereses individualistas. Los bosques de acacias y secuoyas, los ríos y los coyotes no son sólo un paisaje sino que conforman una cultura colectiva ancestral.

Así, La práctica de lo salvaje se convierte en un atlas de la naturaleza y el hombre que retoma la herencia histórica del trascendentalismo americano y subraya su continuidad espiritual. Vacía de orientalismos superficiales, la obra de Snyder es profundamente honesta y desarrolla una nueva manera de concebir la espiritualidad y la religión. Esta nueva concepción no toma elementos de las filosofías foráneas como una moda pasajera sino que integra el conocimiento de las religiones orientales en la sabiduría local para cambiar la realidad personal y colectiva. La práctica de esa nueva espiritualidad requiere disciplina pero también sentido del humor, un camino medio que el hombre sólo puede desarrollar atendiendo a los signos y revelaciones profundas de su inherente naturaleza salvaje.

Mónica Caldeiro

Publicado en The Barcelona Review, Núm. 88, septiembre de 2016.

El texto es el mar

“Lo que he entendido es elevado, y elevado también parece lo que no entendí. Pero para descifrarlo todo habría que ser un buzo de Delos.”

 —Sócrates

Siempre me resulta complicado encontrar las palabras adecuadas para comenzar un nuevo blog. Esta dirección ha sufrido ya múltiples mutaciones y, llegados a este punto, he decidido darle una utilidad distinta a este espacio virtual. Por un lado, me resulta práctico disponer de un lugar donde compartir una parte de mi trabajo de traducción, tener una dirección web a la que cualquier interesado pueda acceder con facilidad. Por otra parte, me parece interesante  poner palabras a ciertos aspectos de la traducción literaria que son fruto de la reflexión y la experiencia surgidas del contacto y el trabajo con los textos.

Últimamente me he dado cuenta de que vivo la traducción de una manera muy personal. Supongo que no soy en absoluto la única. Cada vez que me acerco a un texto ya no como lectora, sino como traductora dispuesta a volcar ese universo completo a mi lengua materna, la perspectiva cambia por completo. El texto me llama, me absorbe totalmente; su mundo me envuelve y penetra en capas profundas de mi mente operando cambios inesperados. He sentido y percibido la profunda diferencia entre leer y traducir. Es como la relación que tenemos con el mar. El mar podemos nadarlo, surfearlo, navegarlo. Estas actividades se enfrentan a un gran número de posibles cambios y accidentes en función de las condiciones en que nos hallemos. Y nuestra experiencia de él siempre será tremendamente personal y única, probablemente nos sentiremos tocadas por la belleza del agua en calma y del brillo del sol en el movimiento suave de la ausencia de oleaje, o atemorizadas ante la fuerza de una tormenta en alta mar. Pero lo que caracteriza a todas estas actividades es que, finalmente (a menos que suceda una desgracia) nuestra relación con el mar sigue estando sujeta a nuestra relación con la superficie, lo cual no significa que nuestra experiencia no sea emotiva o intensa. Ésta sería la experiencia del lector respecto a un texto, y podríamos establecer una analogía entre la superficie marítima y la página de papel.

El traductor, en cambio, sería el buzo de Delos del que nos habla Sócrates. El buzo es el explorador de las profundidades, el observador de todo aquello que no aparece a simple vista pero que sí está disponible para todo aquel que sienta la curiosidad y el empuje de buscar en las aguas oscuras y profundas. Detrás (o debajo) de cada obra hay un vastísimo océano inexplorado, un mundo en sí mismo, un universo al completo. La belleza de la traducción y del buceo en la palabra es que el oficio nos hace penetrar en un nivel distinto de entendimiento y comprensión de la obra, una alquimia que sólo sucede a través del arte, de la transformación del texto al ser volcado a otra lengua. El universo de la obra nos abre sus puertas o, más bien, se nos abre al completo con sus potencialidades, sutilezas y traspiés. Esto puede dar lugar al asombro o a la admiración; otras veces, incluso a la decepción. Pero no hay duda de que la traducción nos brinda la oportunidad única de entrar en la arquitectura interior del texto y de acercarnos de manera íntima a sus secretos.

Ése es, para mí, uno de los aspectos más hermosos de la traducción, y uno de los que requiere mayor responsabilidad. Es necesario saber guardar bien los secretos y trasladarlos adecuadamente. En cierto modo hablo en clave metafórica, aunque tal vez no tanto. Al final, somos nosotros los que tenemos que pensar cómo usar el oro que encontramos en aquel misterioso cofre, en aquella oscura gruta alejada de las rutas principales, a la que nadie antes había prestado la suficiente atención.