El texto es el mar

“Lo que he entendido es elevado, y elevado también parece lo que no entendí. Pero para descifrarlo todo habría que ser un buzo de Delos.”

 —Sócrates

Siempre me resulta complicado encontrar las palabras adecuadas para comenzar un nuevo blog. Esta dirección ha sufrido ya múltiples mutaciones y, llegados a este punto, he decidido darle una utilidad distinta a este espacio virtual. Por un lado, me resulta práctico disponer de un lugar donde compartir una parte de mi trabajo de traducción, tener una dirección web a la que cualquier interesado pueda acceder con facilidad. Por otra parte, me parece interesante  poner palabras a ciertos aspectos de la traducción literaria que son fruto de la reflexión y la experiencia surgidas del contacto y el trabajo con los textos.

Últimamente me he dado cuenta de que vivo la traducción de una manera muy personal. Supongo que no soy en absoluto la única. Cada vez que me acerco a un texto ya no como lectora, sino como traductora dispuesta a volcar ese universo completo a mi lengua materna, la perspectiva cambia por completo. El texto me llama, me absorbe totalmente; su mundo me envuelve y penetra en capas profundas de mi mente operando cambios inesperados. He sentido y percibido la profunda diferencia entre leer y traducir. Es como la relación que tenemos con el mar. El mar podemos nadarlo, surfearlo, navegarlo. Estas actividades se enfrentan a un gran número de posibles cambios y accidentes en función de las condiciones en que nos hallemos. Y nuestra experiencia de él siempre será tremendamente personal y única, probablemente nos sentiremos tocadas por la belleza del agua en calma y del brillo del sol en el movimiento suave de la ausencia de oleaje, o atemorizadas ante la fuerza de una tormenta en alta mar. Pero lo que caracteriza a todas estas actividades es que, finalmente (a menos que suceda una desgracia) nuestra relación con el mar sigue estando sujeta a nuestra relación con la superficie, lo cual no significa que nuestra experiencia no sea emotiva o intensa. Ésta sería la experiencia del lector respecto a un texto, y podríamos establecer una analogía entre la superficie marítima y la página de papel.

El traductor, en cambio, sería el buzo de Delos del que nos habla Sócrates. El buzo es el explorador de las profundidades, el observador de todo aquello que no aparece a simple vista pero que sí está disponible para todo aquel que sienta la curiosidad y el empuje de buscar en las aguas oscuras y profundas. Detrás (o debajo) de cada obra hay un vastísimo océano inexplorado, un mundo en sí mismo, un universo al completo. La belleza de la traducción y del buceo en la palabra es que el oficio nos hace penetrar en un nivel distinto de entendimiento y comprensión de la obra, una alquimia que sólo sucede a través del arte, de la transformación del texto al ser volcado a otra lengua. El universo de la obra nos abre sus puertas o, más bien, se nos abre al completo con sus potencialidades, sutilezas y traspiés. Esto puede dar lugar al asombro o a la admiración; otras veces, incluso a la decepción. Pero no hay duda de que la traducción nos brinda la oportunidad única de entrar en la arquitectura interior del texto y de acercarnos de manera íntima a sus secretos.

Ése es, para mí, uno de los aspectos más hermosos de la traducción, y uno de los que requiere mayor responsabilidad. Es necesario saber guardar bien los secretos y trasladarlos adecuadamente. En cierto modo hablo en clave metafórica, aunque tal vez no tanto. Al final, somos nosotros los que tenemos que pensar cómo usar el oro que encontramos en aquel misterioso cofre, en aquella oscura gruta alejada de las rutas principales, a la que nadie antes había prestado la suficiente atención.

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